5/7_ESPACIOS VERDES Y BIODIVERSIDAD // serie CRITERIOS DE EVALUACIÓN DEL URBANISMO ECOLÓGICO // Herramientas de Medición para un Modelo Urbano Mediterráneo Sostenible

Cuando se habla de sostenibilidad la imagen inmediata que mucha gente tiene es la de un árbol… o mejor dicho muchos árboles, un bosque como objetivo a conseguir. En More Than Green intentamos hacer entender que la sostenibilidad es mucho más que unas acciones medioambientales para corregir un problema medioambiental. Es por esto que hablamos de sostenibilidad social, cultural, económica y medioambiental en los entornos urbanos. Sin embargo, eso no quiere decir que obviemos cuestiones relacionadas con la biodiversidad en nuestras ciudades.

En la historia anterior hablábamos de la ciudad mediterránea tradicional como un referente de versatilidad, densidad y por tanto de complejidad. Pero no todo en ella era idílico, y precisamente el exceso de densidad en muchos casos condujo a la colmatación y a la insalubridad. A partir del S. XIX se trató de evitar esos problemas, entre otras cosas recurriendo a la introducción del verde en nuestras ciudades, algo que hasta ese momento formaba parte del campo, al otro lado de sus murallas.

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Este proceso condujo al esponjamiento de nuestras ciudades lo cual permitió la introducción del verde en el espacio público dando lugar a alamedas, bulevares, parques y jardines, en un proceso que sigue abierto. Así, encontrar la manera de introducir mayor biodiversidad en nuestras ciudades sigue siendo una de las materias pendientes lo cual hace que ahora encontremos verde urbano no sólo en nuestras calles y plazas, sino también en fachadas, cubiertas y demás sitios “inesperados”. Este tipo de medidas ayuda, por ejemplo, a evitar la impermeabilización total del suelo, o a absorber parte de las emisiones de gases de efecto invernadero producidas por nuestras ciudades. Pero además de este tipo de cuestiones tiene otras consecuencias “colaterales” beneficiosas en la vida de nuestras ciudades. Veámoslas en la historia de hoy que arranca en este barrio:

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Es verano, son las 11 de la mañana y tienes que salir a comprar un par de cosas, sin embargo en la calle hace un sol abrasador. Vives en medio de la ciudad y no te apetece salir a la calle para ir de compras. Las aceras de tu barrio queman y durante el camino no vas a encontrar ninguna sombra, por lo que decides seguir un rato en casa con el aire acondicionado a tope, al rato bajas al coche, arrancas y pones el aire a 18ºC para conducir a un centro comercial y hacer allí las compras (donde por supuesto también hay aire acondicionado). En cuanto acabas vuelves a casa por el mismo camino y con la misma temperatura. Sin embargo tu amigo Roberto vive en otro barrio en el que hicieron obras en las calles hace un par de años.

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Allí demolieron unas casas que se estaban cayendo e hicieron una plaza, donde ahora hay un montón de árboles y por la tarde bajan allí todos los vecinos a charlar y tomar el fresco. Además casi todas las calles tienen árboles e incluso algunos bancos, por lo que incluso durante el día Roberto se anima a salir de compras por el barrio ya que las calles parecen más frescas y agradables. Pero lo más importante es que la misma idea que tiene Roberto la tienen otros muchos de sus vecinos por lo que salir a la calle, aunque haga calor, no es como ir a pasear al desierto, sino que es una pequeña aventura diaria.

Esta decisión de introducir el verde en el interior de nuestras ciudades es una de las posibles respuestas a las condiciones de hacinamiento que comentábamos antes, pero no fue la única… existía otra posibilidad: sacar la ciudad al campo, es decir, la ciudad jardín. En ella la presencia del verde sería constante ya que cada casa tendría su propia parcela rodeándola y asegurando un contacto directo con la naturaleza. Pues bien, esta situación idílica de casitas con tejados de colores, rodeadas de césped y simpáticos animalillos ha degenerado en esto:

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Si vives aquí hay que reconocer que tienes asegurado un mayor contacto con el verde… ya se encarga tu padre de regar las plantas todas las tardes, aunque a ti te reserva la divertida tarea de pasar el cortacésped y podar los arbolitos en invierno, pero todo esto a costa de perder el contacto con tus vecinos, a los cuales por cierto ni conoces, y con el inconveniente de vivir tan lejos del centro que ni te planteas ir allí andando (ver artículo MOVILIDAD). Fuera de la valla que rodea tu chalet está la nada… ningún árbol, ningún escaparate que mirar, nada (ver artículo ESPACIO PUBLICO). Pero, ¿de verdad vivir en una casita como la tuya es vivir en contacto con la naturaleza? En parte sí, pero también es cierto que con tanto chaletito como el tuyo la ciudad (o mejor dicho la no-ciudad) se ha hecho gigante, y lo que antes era el campo que la rodeaba ahora se ha convertido en un montón de casitas iguales (o casi), con un poco de verde separándolas. Así lo que podríamos denominar natural, el verdadero “campo”, es ahora más pequeño y está mucho más lejos.

Así que vamos a ver cómo la introducción de una mayor biodiversidad en nuestras ciudades repercute en la mejora de la sostenibilidad de las mismas:

SOSTENIBILIDAD MEDIOAMBIENTAL. Ya se han comentado algunas, pero por insistir en la cuestión: mejora la autosuficiencia hídrica evitando la escorrentía superficial, la aparición de nuevas especies en nuestras ciudades aumenta la complejidad de nuestro ecosistema, la producción de recursos alimenticios dentro de la ciudad mitiga la demanda externa, etcétera.

SOSTENIBILIDAD SOCIAL. Tal y como hemos dicho la presencia del verde urbano mejora las condiciones de habitabilidad del espacio público, mejorando el confort térmico, amortiguando el efecto de isla de calor, mitigando el ruido ambiental, etcétera.

SOSTENIBILIDAD CULTURAL. La presencia del verde urbano como veíamos era escasa en nuestra ciudad tradicional, al menos en el espacio público. Sin embargo las estrategias energéticas pasivas propias de la edificación privada relacionadas con la presencia de vegetación, o lo que es lo mismo la presencia de patios interiores a viviendas y manzanas como elementos naturales de regulación térmica está íntimamente ligado a nuestra cultura mediterránea. Quizás la clave sea cómo sacar estas experiencias para el uso compartido en calles, plazas y jardines.

SOSTENIBILIDAD ECONÓMICA. La mejora de las condiciones de confort térmico, por ejemplo puede mitigar la demanda energética de nuestras ciudades. Por tanto con una estrategia de implantación de arbolado en nuestras calles quizás no sólo estemos aumentando la biodiversidad urbana sino que posiblemente estemos reduciendo la factura de la luz… o lo que es lo mismo obteniendo múltiples beneficios con una única inversión.

Por último veamos cómo diversos indicadores de sostenibilidad pretenden medir la biodiversidad (o al menos el posible soporte para la misma) de nuestras ciudades.

En primer lugar encontramos un par de indicadores exclusivamente cuantitativos, que traducen a nuestras ciudades lo que los “sabios” de las organizaciones mundiales deciden que debe ser el ideal para nuestras ciudades y que no requieren excesiva explicación:

·El primero de ellos mide el ESPACIO VERDE POR HABITANTE estimándose que en nuestras ciudades el valor debería ser superior a 10m2 de zona verde pública (ya que pretende promover el uso social de nuestras calles y plazas) por persona. La razón la encontramos en que la OMS establece el valor entre 9 y 14 m2 por habitante. Desde nuestra perspectiva lanzamos al menos la pregunta de si alcanzar ese valor en el interior de nuestras ciudades consolidadas puede repercutir en la pérdida de la densidad y compacidad necesaria para la vivacidad que tanto deseamos. Por tanto es un valor a aplicar con cautela. El segundo mide la DENSIDAD DE ARBOLADO de nuestras calles y que estima que al menos el 50% de nuestros viarios debería tener un árbol cada 5 metros (en este caso el valor es el resultado de traducir el estándar europeo: 200-250 árboles/km calle en alineación doble).

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La pregunta entonces sería: ¿De qué me sirve que mi ciudad tenga un gran parque metropolitano si está tan lejos de donde vivo que nunca voy a ir allí? Para contrarrestar este efecto habitual en nuestras ciudades (muchas de las cuales cumplen sorprendentemente para nosotros con el valor anterior), se enuncia el siguiente indicador que en realidad mide la PROXIMIDAD SIMULTÁNEA A ESPACIOS VERDES. No ocurre lo mismo en la placita de la esquina que en el parque del barrio o que en la gran zona verde en la que se ha convertido el aeropuerto berlinés de Tempelhof. Depende de lo que quieras hacer vas a un sitio o a otro, porque el tamaño SÍ importa. Si quieres simplemente tomar el sol un rato quizás bajes a la esquina; para jugar un partidillo al parque; y para entrenar la media maratón (y vives en Berlín) irás a Tempelhof; pero lo importante es tener la opción de acceder a cada uno de ellos fácilmente. Así el indicador fija unas superficies mínimas de zonas verdes que deben estar a unas distancias máximas de la población.

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El último se denomina ÍNDICE BIÓTICO DEL SUELO y pretende medir la cantidad de suelo de nuestras ciudades que es capaz de albergar “vida” o lo que es lo mismo establecer un tope para las superficies asfaltadas, pavimentadas o construidas. Así se estima que al menos el 20% de la mitad de la superficie ocupada por nuestras ciudades debería ser permeable y para ello se asignan diferentes factores de permeabilidad en función de los tipos de superficies existentes.

Para completar la información técnica de estos indicadores puedes consultar las páginas 537-546 de la Guía Metodológica para los Sistemas de Auditoría, Certificación o Acreditación de la Calidad y Sostenibilidad en el Medio Urbano.